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DÍA DE TODOS LOS MUERTOS… DUELO POR TODAS LAS VÍCTIMAS

No debiese haber asombro para el que escucha la acusación de “reabrir heridas”. Esta sentencia parece ser una reacción espontánea que evita el atragantamiento con tamaña contradicción. Para lo dicho tal vez no exista alegoría más explicativa -y “lapidaria”- que el “Día de los Muertos” en nuestros cementerios.

La búsqueda de lo que es y lo que puede ser el significado de peruano, como la búsqueda de toda identidad individual o colectiva, supone el ejercicio de evocar, de hacer un trabajo de memoria, estructurar una narrativa que explique el ahora desde el pasado y así conforme el horizonte hacia donde es posible dirigirse. El pasado no se ha ido, está presente en nuestra memoria como elemento clave de la construcción de nuestra identidad y su presencia se manifiesta con más resistencia en cada fecha, en cada monumento, en cada conmemoración.

Lima, antes de los cincuenta, conmemoraba a sus muertos con mucha congoja; en medio del silencio y con bastante rezo el duelo discurría. A partir de entonces, con la llegada masiva de nuevos hombres, principalmente de los andes, esa tradición cambió. Estos otros peruanos se instalaron con el equipaje de su memoria y el evocar no volvió a ser lo mismo. Desde entonces, cada primero de Noviembre en los cementerios de Lima, las distintas maneras de recordar nos hablan de una verdad que, más que olvidada, se sigue queriendo negar: El Perú es diverso
La imagen como metáfora, del beato que zozobra frente a la fiesta del camposanto, sirve para visualizar a una parte de un país que se niega a aceptar una historia de discriminación sistemática y reiterativa de los derechos de la gran mayoría de su población. Como los tantos muertos en la celebración de nuestros cementerios, el pasado pareciera ya no estar, pero el recuerdo que evoca su silencio nos grita y su presencia no se puede negar, porque es una verdad que de acallarla nos atragantaría. Nuestros nuevos muertos, hombres en su mayoría quechuahablantes de los departamentos más pobres de la sierra, víctimas de la violencia política en el Perú durante los últimos 20 años, pero también de nuestra indiferencia, son una herida abierta y negada que nos habla de una formación histórica basada en la desigualdad y la injusticia. Para algunas personas, otros 69,280 peruanos parecieran ser sólo parte del pasado, pero al igual que en la fiesta del día de los muertos, su perturbador presente es innegable.

Sin embargo el nuestro no es un proyecto que haya naufragado, es un país donde el encuentro de lo heterogéneo y la reinserción a la vida democrática siembran ahora nuevas posibilidades de construir esa identidad y esa promesa llamada Perú. Esta vez, desde la igualdad y la justicia, en base al reconocimiento y la reconciliación. El momento nos da la posibilidad de curar las heridas, de realizar los videos pornos, ese esfuerzo en tiempo y energía para separarnos definitivamente de las causas que originaron la violencia.

Este primero de Noviembre en los cementerios del Perú, es momento para el duelo, pero también para la memoria.